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Archivo para la Categoría "Imi en Belgica"

Paris, taxis, trenes y racismo

Junio 16, 2009 gabacha 4 comentarios

Como habéis podido notar,  he vuelto, después de haberme tomado un sabático forzado de un poco todo lo que no fuera vital.

Efectivamente, mis palpitantes actividades de estas últimas semanas han consistido en: dormir, comer y beber, satisfacer unas necesidades fisiológicas, ducharse y volver a dormir.

 

Es decir, tres semanas al ritmo de un recién nacido, pero sin los llantos ni pañales. Y una semana de convalecencia en el pueblo, comiendo bien, paseando por la playa y haciéndome mimar por la familia.

 

Al pueblo, suelo ir en tren, como ya expliqué aquí.

Como siempre atravieso Bélgica, me acuerdo de ti cada vez, Maco.

 

De hecho, te dedico esta foto.

Lieja vista desde el tren

 

Y tendrías que ver el peaso estación que están montando en Lieja, que te sientes como Jonás en la ballena. Si, si.

 

 

Gracias a un centrismo forzado de la red ferroviaria gala, el viaje de Colonia al pueblo no puede hacerse sin una parada obligatoria, a saber: París.

Como París está hecha como está, es decir deliciosamente anticuada, toca apañárselas para cambiar de estación entre el Thalys del este y el TGV del oeste. Y no hay a mi conocimiento ningún medio de transporte cómodo para un viajero con maletas, que no sea un taxi.

Vistos así parecen estar al lado el uno del otro, pero en realidad, ¡no no! Hay que cambiar de estación entre el primero y el segundo.

Thalys y TGV. Vistos así parecen estar al lado el uno del otro, pero en realidad, ¡no no! Hay que cambiar de estación entre el primero y el segundo.

 

 

El metro parisino, ya no lo cojo cuando ando con maletas, desde que he decidido que no haría levantadora de pesos como carrera profesional.

El que haya cogido la línea 4 en Montparnasse del metro a la estación de tren me entenderá.

Para los demás, os cuento el panorama.

10 escalones para arriba, 10 metros en plano, 10 escalones para abajo, 10 metros en plano, 10 escalones para arriba, etc, sobre lo que parece ser unos dos kilómetros de pasillos, pero puede que sean más. Ni un ascensor para subir a la estación, ni siquiera una pobre escalera mecánica, nada.

Además de surrealistamente inútil y frustrante – pero, ¿no hubiera sido más simple para todos hacer el recorrido en llano? ¿Tenía el alcalde un cuñado que trabaja en escaleras? – es un dolor para unos brazos normalmente poco solicitados para transportar cargas pesadas.

 

 

Paris, templo de la modernidad

Paris, templo de la modernidad

 

 

 

 

Así que no, para cruzar París con una maleta, prefiero ir en taxi.

 

No debo se la única en pensar eso ya que casi siempre he sido la única pringada que he visto ir en metro con una maleta en París.

Esto lo solía hacer cuando era joven, fuerte y demasiado pobre como para tener otra opción de viaje. Además, debía dar pena, porque en general aparecía algún joven de los suburbios para ofrecerse, cual caballero, a llevarme la maleta en las escaleras.

Debo ser minoría en pensar esto, pero la bondad de los parisinos siempre me ha parecido infinita.

 

Sin embargo, ahora soy vieja, soy consciente que ningún veinteañero suburbano se va a apiadar de mi, así que, mejor voy en taxi.

 

Por desgracia, los taxistas parisinos ya no son los que eran: los nuevos no se saben todas las calles y navegan a todas partes con el GPS, este magnífico artilugio que lleva al impotente conductor directo a todos los atascos. Me diréis que en Madrid los taxistas tampoco se saben todas las calles. Si, pero la diferencia es que antes, el taxista parisino estaba obligado a aprendérselas todas. Formaba parte de su formación. Pero debe ser que ahora ya no. Y la diferencia se nota.

 

Cosa que me fastidia, porque significa que mi truco con los taxistas parisinos se acabó.

Para que os pueda contar mi ahora-obsoleto sistema, os tengo primero que confesar un oscuro secreto mío, del cual no estoy orgullosa, pero ahí va, por el bien de la comprensión del relato.

 

Antes, gente, era racista en taxistas parisinos.

Muy racista.

Racista de taxistas, en alguna forma.

Efectivamente, sólo cogía taxis con conductores negros.

Lo sé, está mal pensar así. Mi escasa experiencia a lo largo de los años me dio que, de media, eran más rápidos, más eficaces, más baratos – pues si, si el viaje es más rápido, automáticamente el precio es menor – y más amables. O eso era mi teoría por lo menos.

Mi taxista ideal tendría esta pinta

Mi taxista ideal tendría esta pinta

 

Al final pagaba lo mismo ya que la diferencia se la daba de propina, pero llegaba feliz, relajada y con tiempo que matar.

 

Pero esto se acabó, gente. Ahora los nuevos taxistas, sean del color que sean, navegan con el GPS, el método más seguro de chuparse todos los atascos provocados por la multitud de conductores que también van con el navegador puesto, acabando por coger exactamente el mismo camino.

 

Aún así, los 20 minutos de atravesarse París por 15€ me siguen pareciendo un chollo, sobre todo que se ve todo el centro que es muy bello, como podrá testificar el rubio que se quedó boquiabierta mientras estábamos cruzando el Louvre de par en par.

 

Además, los taxistas me siguen pareciendo muy amables.

 

Pero yo soy un bicho raro de provincia a quien le parece que todos son amables en París. Un poco miedosos, un poco estresados – pero quién no lo está en una ciudad grande – pero amables no obstante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El parisino. Algo paranoico, pero amable.

Parisinos en el metro. Algo paranoicos, pero amables.

 

 

 

 

 

En la próxima entrada, a Gabacha se le quita la narcolepsia, y con su muy sufrido rubio, llegan al pueblo.